"La 48"
En cada familia suele existir una
casa materna, la casa de la abuela, o la finca de la familia, ese sitio que en
nuestra infancia era el lugar de reunión en las fiestas o a donde íbamos de
visita, de la mano de mamá.
Cuando yo nací mi abuela materna había
fallecido años atrás, pero estaba la “tía María”, de alguna forma era la
abuela, pues fue en realidad ella quien crió a mi mamá y a mi tía Ana, toda vez
que según me contaban la abuela Saturia estuvo enferma desde siempre.
Así que cuando yo
era niña, tomábamos el troli y nos íbamos a visitar a la Tía María, la casa en
ese entonces me parecía enorme, siempre recuerdo la escalera de madera subiendo
hasta el infinito y tenía muchos cuartos, y en patio al que jamás entré unos
perros grises grandes que siempre ladraban cuando entrabamos por el garaje, y que
subíamos a mirar desde una terraza a la que se salía por uno de los cuartos del
segundo piso.
Cuando se referían a esa casa,
siempre hablaban de “la 48”, por la
calle en que está ubicada, mis papás siempre recuerdan las fiestas de la 48,
las cenas navideñas de la 48, que en la 48 era donde se encontraba mi papá con
los primos para ir al Campín, de cuando vivieron al lado de la 48, en fin, aún
hoy en día para preguntar acerca de la familia, se dice que sabemos de la 48.
Hace unos cuatro años, estando en Bogotá viajando con mis
padres, fuimos a visitar la 48, ellos querían saludar a la prima Ligia, que vivía
allí con sus hijas.
Al entrar, salvo que el color de
la pintura de la reja era distinto al que recordaba, sentí que en esa casa el
tiempo se había detenido, la misma escalera de madera, claro que ya no me
pareció enorme, los mismos muebles, los mismos cuadros, el mismo jarrón grande
de metal en medio de la sala.
Para todos había pasado el mismo
numero de años desde la última vez que estuve en esa casa, todos habíamos envejecido
ese numero de años, algunos más benévolamente que otros, pero los muebles y
cuadros y el jarrón eran exactamente los mismos, creo que hasta el aire era el
mismo de antes, solo cuando la nueva generación hizo su arribo a la sala, los
hijos de Ligia que con sus hijos llegaron a saludar a mis padres, el aire se movió
un poco, nos contaron historias nuevas y se hizo una mezcla curiosa de vida
joven en un tiempo viejo.
Ayer nos llegó la noticia de que
Ligia falleció.
No puedo evitar preguntarme, que
será de esa casa ahora, en el barrio invadido por modernos edificios de
apartamentos que han ido cambiando el paisaje urbano, me pregunto, si con la prima,
también se irán los muebles, los cuadros y hasta el jarrón y el tiempo detenido
se irá detrás de los que ya se fueron. No puedo evitar pensar en que, ese lugar, se irá para siempre.

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